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Ciegos por elección

Franco Mercado

“Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad. Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.
Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.” (1 Juan 1:5-9)

La palabra “obediencia” suele generarnos cierta resistencia. La asociamos con reglas, o una carga pesada. Sin embargo, Juan llama a la obediencia “una forma de vivir”.
Vivir se complica un poco si no ves donde andas.
Juan plantea que, si quiero ver, tengo que estar en Dios para que él disipe la oscuridad.
El problema es que, “Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad.”
¿O sea que automáticamente un cristiano deja de pecar? O ¿Todos acá somos mentirosos?
Si, todos pecamos, y dicha oscuridad nos aleja de Dios.
Pero Juan nos plantea 3 formas de reaccionar cuando eso pasa:
1.Encubrirlo: Es la trampa de la negación, el maravilloso arte de “fingir demencia”. Cuando ocultamos nuestras faltas, nos mentimos a nosotros mismos, a los demás y a Dios.
Esta falta de honestidad apaga la luz en nuestra vida, convirtiéndonos en personas falsas.
2.Confesarlo: Confesar significa “decir lo mismo” que Dios dice sobre nuestro error. Básicamente es ser honesto con nosotros mismos, con los demás y con Dios al juzgar nuestro pecado, y enfrentarlo.
3.Conquistarlo (1 Juan 2:1-5): es el paso que sigue a la confesión, donde el objetivo final es la victoria. Conquistar nuestro pecado implica, por un lado, ser honestos con Dios, con nosotros mismos y con los demás, y por el otro obedecer su palabra.
La verdadera obediencia no se trata de imitación (tratar de actuar como Jesús), sino de encarnación (dejar que Jesús viva a través de nosotros).
Dejemos de ser ciegos por elección, queriendo vivir con los ojos cerrados porque tenemos miedo a que Su luz exponga lo que internamente sabemos que tenemos que limpiar.
Cuando vivimos en la luz, Dios ilumina todo, las metas se simplifican, y en nuestra vida reina verdadera paz.